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Mi Catalina
Diciembre 9, 2007, 9:09 pm
Archivado en: Corazoncito, sobredosis

Llegue al hospital…no sabía donde buscar primero. Solo me pare y mire a través del vidrio que cubría la parte superior de la puerta, la única que había dentro de esa sala de espera, que hacía de frontera con las salas de atención de urgencía. Apareció a los pocos segundos mi mamá, mostraba todo su nerviosismo en la cara, me hizo señas con las manos para que entrara, lo cual no fue dificultado por el muy atento guardia de seguridad que cuidaba el acceso.

Me miraba con los ojos muy abiertos, agitada aún por la sorpresa. Su corazón de madre no le dejaba darse un respiro, calmar sus pensamientos, tampoco sus piernas, ya que no dejaba de caminar de un lado a otro. Por lo mismo, cuando se nos acerco un cortés joven, pidiéndonos que solo uno de nosotros lo acompañara hacia el pabellón en que estaba mi hermana, yo me ofrecí de forma espontánea y ella no se opuso. Caminamos algunos pasos por un pasillo oscuro, sin ningún tipo de iluminación, hasta que en la mitad de este se detiene, estira su brazo mostrándome su mano, en la que tenía tres pulseras metálicas algo dobladas. Yo solamente puse la mía, por reflejo, en donde el dejo las pulseras. Me indico una camilla al final del pasillo, donde yo debía esperar por noticias sobre mi hermana.

Esperaba en la penumbra, al final del pasillo oscuro, junto a las puertas que me separaban de mi hermana y cuyos vidrios dejaban escapar la única luz que había en aquel lugar. No se si en realidad fueron segundos, cortos o largos minutos, solo se que de pronto estaba hablando con una enfermera proveniente del pabellón y que venía de atender a mi hermana. La aborde en cuanto cruzo el umbral, le hice preguntas sobre la condición de la Catita, que minutos antes llego inconsciente a aquel lúgubre hospital. Al parecer lo único que escucho fue sobre el parentesco, ya que la mayoría de las palabras que me dedico, cuando supo quien era yo, fueron recriminaciones acerca del estado de alteración de mi madre al llegar, al parecer le grito a mi interlocutora de ese momento. La mire con extrañeza, después de todo no supe que responder a los llamados de atención en contra de una madre horrorizada de encontrar inconsciente a su hija, que llego a un hospital en el que fue recibida por una enfermera que no supo atender con la suficiente diligencia aquella emergencia, sino hasta escuchar los furibundos llamados de atención de mi madre. No converse más con ella, tampoco escuche sus diagnósticos apresurados sobre mi hermana, no me pareció confiable y solo estaba descalificando a mi madre, cuando yo solo esperaba información sobre mi hermana. Por suerte desapareció cuando mi madre volvió a estar junto a mí.

La Cata ya estaba consciente y la estaban trasladando a una sala más pequeña donde le pondrían oxigeno y esperaríamos el resultado del examen de sangre, que la doctora ordeno. Mujer de pocas palabras y de carácter fuerte que confeso de inmediato. De la manera más resumida que pudo explicarnos, nos dijo que creía que lo más probable era que se tratara de una intoxicación con monóxido de carbono mientras se duchaba; esperaba el resultado del examen para confirmar su diagnostico. Luego de estas breves palabras desapareció, pero me tranquilizo que una persona diligente, sin discursos ni sermones, por fin nos diera información cierta y veraz sobre el estado de Catalina.

Estábamos mi Mamá, Catalina y yo en una pequeña sala. Una pieza de unos dos metros y medio de largo y diría que un metro ochenta centímetros de ancho, en la que apenas entraba la camilla, paredes multicolores, descascaradas por los años y la gente que tatuaba en su superficie nombres y mensajes…en fin, es un hospital publico, supongo que así es como debe ser.

Mi Catalina, esa niña hermosa de la que siempre me acuerdo con un vestido burdeo con flores, una camiseta blanca bajo el, zapatitos oscuros y brillantes, pelo corto, ondulado, rubio y muy brillante, tez blanca, quizás acostumbrada al clima de donde nació y vivió sus primeros años, en extremo sur del país. Aquella mujercita me enamoro, durante sus primeros años eramos inseparables, nunca pude dejar de emocionarme al mirarla y sentir rebalsar de sentimientos mi interior. Pero al parecer la metamorfosis de los años la han ido convirtiendo en aquel bello misterio que son las mujeres, aunque solo tenga once años. Es la única niña de seis hermanos, por lo que espero entiendan mi incapacidad para acercarme, no entiendo nada, soy un idiota…

Y como un idiota me sentí, o siendo preciso, enfrente mi condición de tal. No se, ya no somos tan cercanos, simplemente desapareció la niña de tres años y entro en escena esta otra de once, con la cual no se compartir realmente y que al verla en la camilla, recobrando el conocimiento, sentí nostalgia de los años pretéritos en que era fácil acercarme. Solo ahí descubrí que es la misma niñita de la cual me enamore en cuanto al sostuve por primera vez en la clínica Magallanes y que solo hay que intentarlo, tengo que buscar la forma.

Trataba de hablar, pero creo que ver a mi mamá tan nerviosa, la hacia balbucear y terminar con lágrimas cada frase. Creo que con un par de chistes absurdos conseguí que se riera y pudiera relajarse un poco, quitando la atención de su condición, en la medida de lo posible. Fue en este momento en que reapareció la doctora, pidiendo hablar con el más tranquilo, por lo cual me ofrecí yo. Nos alejamos bastante de la sala, no me dio buena espina, era mucho rodeo para comunicar el resultado del examen.

Su estado era grave, el examen había mostrado que su diagnostico era el correcto, pero además decía que los niveles de monóxido en su sangre eran muy elevados. Si no respondía al tratamiento que le estaban haciendo en esos minutos, era necesario llevarla a una de las dos cámaras hiperbaricas que existen en Santiago, y dejando en claro que probablemente por su gravedad dejaría secuelas en ella este accidente. Como explicar eso a mi madre, si yo no podía asimilarlo bien…el “como” no lo encontré, así que simplemente no le dije sobre su condición, solo había que esperar el resultado del tratamiento que le estaban haciendo.

Cuando después de cuarenta minutos llego el resultado del último examen, mostrando lo efectivo del tratamiento y la mejora de mi hermana, puede respirar tranquilo. Claro que ya no estaba con ella, solo permitían un pariente a la vez y se repartían los turnos mi Papá y Mamá. Me pareció buen momento para contagiar frialdad y tranquilidad a mis hermanos, por lo que decidí ir a su casa a darle las buenas noticias. Constantemente en contacto con mi Mamá por teléfono, me contó que la cambiaban de hospital, se iba desde el Calvo Mackenna a el Padre Hurtado.

Entre que la cambiaban de hospital, y aprovechando que mi Papá buscaba ropa para mi hermana en la casa, me subí al auto para ver a mi hermana. Y verla, fue realmente imposible.

Llegamos al paradero veinticinco de santa Rosa, donde se encontraba este centro de atención médica, al cual ni siquiera pudimos entrar en auto, ya que el estacionamiento casi completamente vacío, era de uso exclusivo de los funcionarios. Tampoco pudimos ver a mi hermana (en ese momento estaban la mayoría de mis primos, tías y amigos de la famila), la entrada era custodiada por los peor educados guardias y la más temible, grande y amenazadora recepcionista, que cuidaba celosamente las visitas que ingresaban. Solo mis padres calificaron para ver a mi hermana.

Cuando cerca de las nueve de la noche salieron, nos contaron que el medico que la trato, vio una maravillosa evolución en la condición de la Catita, por lo que seguramente seria dada de alta al día siguiente. Pero no pudo dejar de acotar que los exámenes mostraban una presencia de alrededor de 54% de CO en su sangre, y tuvo mucha suerte de no morir, como el lo había visto muchas veces antes. Comentario que cada vez que lo oigo, me pone demasiado incomodo, prefiero ni pensar en aquello. Eso solo era una posibilidad; lo cierto es que hoy ya estaba de vuelta en su casa la Cata, con la que estuve harto rato abrazado en un sillón, tratando de idear la forma de acercarme a ella. No quiero que se me escape de nuevo.